ATITLÁN

Todo lo que os cuente a partir de ahora tiene una dimensión trascendental. Es la historia de cómo un cataclismo colosal dio origen a un lugar de apabullante belleza donde ver ‘hippies flotando’, un escenario que despierta el deseo entre los cazatesoros y custodia la tradición de pueblos indígenas mayas. Es la historia del Lago Atitlán.

Invitad a vuestra inocencia a leer con vosotros estas palabras porque quizás sea la única manera de viajar al día en que el lago nació. Ocurrió hace aproximadamente 84.000 años y una explosión similar a la que 10.000 bombas atómicas hubieran provocado asoló lo que hoy es el departamento de Sololá, al suroeste del país. Duró 12 días, se encontraron restos de ceniza desde Florida (EE.UU) hasta Ecuador y una columna eruptiva se elevó hasta 3.000 metros. Cuando esta columna comenzó a perder presión, descendió y agujereó la tierra hasta crear una depresión de 18 kilómetros de ancho y unos 1000 metros de profundidad. Hoy, ese tremendo cráter volcánico está lleno de tanta agua como podrían almacenar 104 piscinas olímpicas.

Sin embargo, ese pedo geológico no fue el único. Tras él hubo cuatro erupciones más (algo menores) y el magma encontró la salida que seguía buscando en los tres volcanes que hoy custodian el lago: San Pedro, Atitlán y Tolomán.

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¿Qué demonios causó semejante estruendo? Resulta que si la tierra fuera un cráneo, los diferentes huesos que lo componen se llamarían placas tectónicas y estarían menos encajadas de lo que están los ocho que tenemos cubiertos de pelo. En concreto, al sur de Guatemala conviven dos: la placa del Caribe y la de Coco. Hace 84.000 años se pusieron a coquetear y cuando una se subió a la otra (nosotros lo llamamos seducción y los geólogos subducción) ¡BUM! Ese amor loco entre placas tectónicas hizo nacer a la gran cordillera volcánica que atraviesa el país a lo ancho y paralelamente al Pacífico.

Pues bien, cuando aquel lugar ya estaba menos caliente, los humanos decidieron ir a vivir allí. Los primeros llegaron hace 3.000 años y pertenecían a un pueblo maya mesoamericano descendiente de los habitantes de una ciudad mítica llamada Tulán. Posiblemente, en origen, eran todos kicheanos, pero llegó un momento en que se dividieron en tres pueblos: kaqchikeles, tz’utujiles y kicheanos.
Las luchas de poder para controlar el lago fueron constantes entre ellos. Primero los kaqchikeles se aliaron con los kicheanos para arrebatar tierras a los tz’utujiles. Y luego, cuando los españoles llegaron y arrasaron a la mitad de la población indígena con la gripe, confabularon para ganarse la confianza de los kaqchiqueles. Éstos pensaron que así derrotarían a los kicheanos y tz’utujiles, algo que sucedió tras varias conquistas. Sin embargo, los españoles comenzaron a exigirles excesivas cantidades de oro y trabajo, unas condiciones que motivaron 6 años de enfrentamientos. Entonces, los españoles decidieron cambiarse de chaqueta y se aliaron con los tz’utujiles. Juego de tronos versión hispánica. Al final, ganaron los de los cascos y los crucifijos.

Cuando el lago está revuelto, dicen que sopla el Xocomil. Un viento que suele comenzar a las 3 de la tarde y revuelve el agua. Unos dicen que sucede porque un príncipe del mismo nombre perdió a su amada ahogada en el lago y decidió convertirse en viento para poder peinar el agua y encontrarla cada día. Otros, que le cortaron la cabeza a un gigante que los tenía maltratados y la lanzaron al lago; cuando el gigante se enfurece, sopla con furia el agua.
Cuando el lago está revuelto, dicen que sopla el Xocomil. Un viento que suele comenzar a las 3 de la tarde y revuelve el agua. Unos dicen que sucede porque un príncipe del mismo nombre perdió a su amada ahogada en el lago y decidió convertirse en viento para poder peinar el agua y encontrarla cada día. Otros, que le cortaron la cabeza a un gigante que los tenía maltratados y la lanzaron al lago; cuando el gigante se enfurece, sopla con furia el agua.

Hoy, los pueblos que hay alrededor del lago mantienen gran presencia de indígenas mayas, especialmente kaqchiqueles. Yo tuve ocasión de visitar San Marcos La Laguna, un remanso de paz dividido en varias zonas. Una está a orillas del lago y tomada por establecimientos turísticos que regentan personas muy zen que ofrecen terapias de meditación a precios abusivos.
Las otras dos se ubican montaña arriba en las laderas y en ellas todavía se puede incluso apreciar un tipo de construcción llamada bajareque hecha de cañas y arena compacta. Si caminas por allí, los locales te mirarán con curiosidad y te preguntarán con una mezcla de inquietud y asombro: “¿qué busca?”. Como si allí solo pudieses haberte extraviado. Se ve que los hippies solo levitan unos centímetros.
Pero lo mejor de San Marcos es el cerro, una reserva natural que cobija el agua más limpia del lago: todo un regalo donde zambullirse.

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También visitamos San Pedro La Laguna, un lugar radicalmente distinto a San Marcos donde las calles eran bulliciosas y obscenamente coloridas. Era día de mercado.
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Sin embargo, lo más singular de San Pedro es que cada esquina, farola y fachada está pintada. En ocasiones con motivos artísticos, otras reivindicativos y en su mayoría… apocalípticos.

En Atitlán, lo mejor que puedes hacer es sentarte en un muelle al atardecer, cerrar los ojos y escuchar: el agua meciéndose, los insectos despertándose, alguna lancha a motor en la lejanía, un eco de cumbia todavía más lejano, algun susurro en kaqchiquel… Con suerte, incluso escuchas el eco de la ciudad maya sumergida de Samabaj. Un caramelito en dulce para arqueólogos y cazatesoros.

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2 comentarios en “ATITLÁN

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