Acatenango. El ojo de la tierra.

El volcán Acatenango está dormido desde hace 44 años. En apariencia tiene un sueño profundo, pero, ¿quién sabe si algún día los bramidos de su hermano Fuego lo despertarán?

Con 3.976 metros de altura, se convierte en el tercer pico más alto de Guatemala (por detrás de Tacaná y Tajumulco) y uno de los más elevados de Centroamérica. Lo llaman el consentido, el Señor o Don Acatenango. Subirlo es un dolor y una maravilla a la vez. Forma parte del Arco Volcánico Centroamericano, que a su vez completa del Cinturón de Fuego del Pacífico. Esta, va a ser una historia de epítetos admirativos (sé que esta broma la comprenderá solo una persona, pero debo hacerla).

volcanes
En la aldea La Soledad sus gentes conviven con el polvo y la ceniza, que cubren de forma casi perenne todo ser vivo que brota de la tierra o camina sobre ella. Las plantas con dificultad hacen la fotosíntesis y sobre las pieles se puede dibujar. Allí, hace falta caminar horas para alcanzar la fuente de agua más cercana; recientemente han recibido ayuda para instalar unos filtros en forma de malla que les ayuden a potabilizar la lluvia.

En La Soledad combaten las ausencias con multitud de turistas que, de cuando en cuando, llegan hasta su carretera para iniciar el ascenso al Acatenango. Tras una época negra sostenida por la mala fama, el volcán se ha puesto de moda y en lugar de un ascenso de montaña, aquello parece una peregrinación cuesta arriba.

El paisaje del volcán es variado: bosque semitropical, laderas áridas de ceniza, paredes de roca, terrazas de maíz… e incluso un gran tramo de bosque pelado a causa del incendio de unos excursionistas provocaron hace 15 años. Lamentablemente es complicado apreciarlo porque casi todo el tiempo lo pasas con la vista clavada en el suelo. “La primera parte es la más dura”, nos dicen. Y un carajo. La primera es una mierda porque consiste en un minúsculo camino empinado de arena: das un paso y retrocedes 3. Pero vamos, todos los pasos que das durante las casi 5 horas (tardamos 4:45) de ascenso hasta el campamento son revientapiernas. Miento, hay un tramo de felicidad máxima:

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Afortunadamente, esta parte del camino es deliciosa para los pies y para la vista. Una gigantesca ladera de ceniza volcánica, oscura y tan fina como si la hubieran tamizado para preparar un pastel de chocolate. De lo que dan ganas es de hacer la croqueta.

Durante el camino, encontrarás personas de todo tipo: el guía que sube una vez por semana y los que vamos sacando los higadillos; los caballos, burros y mulas que cargan con las mochilas de los más listos; otros que han pensado que subir con un maletín de bandolera es lo más apropiado; gente en chancletas y otros que parecen Indiana Jones o también chavales y mascotas que sufren (pasa el cursor sobre los dibujos):

 

Lo más maravilloso de subir el Acatenango es contemplar al volcán de Fuego en erupción. Bueno, supongo, porque cuando yo subí, Fuego ni siquiera estornudó. Si verlo eruptar desde Antigua (apenas nos separan unos 15 km) ya provoca intensas emociones, no quiero imaginar qué puede significar para una persona encontrarlo de frente, porque me pongo triste. Ver un volcán en erupción es algo así como entrar en sintonía con la pachamama, sentirte especial, pensar que podrías llegar al centro de la tierra como Julio Verne y, por qué no, tener algo de inquietud porque pueda llegar a convertirse en una furia incontrolable. Pero sobre todo, predomina la fascinación:

Aunque nosotrxs no pudiésemos disfrutar de la poderosa linterna de una erupción, gozamos de una hoguera, de la compañía, de un cielo inundado de estrellas, de la quetzalteca y del silencio. Y padecimos el frío. Dormir… no dormimos mucho. A las 4 a.m sin desayunar, sin prácticamente acomodarme las gafas y en absoluta oscuridad comenzamos a subir la última parte del monstruo. Menos mal que estaba oscuro, porque si llego a saber por dónde estoy subiendo, mejor me doy la vuelta. No hay camino, hay rocas y una pendiente que te hace pensar que estás trepando una pared.

Pero merece la pena:

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Desde la cima, se puede contemplar TODO el país en un día despejado: la cordillera de volcanes, el lago de Atitlán, los Cuchumatanes… todo. Aunque bueno, no todo es alegría, también hay que bajar. Y creedme, si el ascenso es un dolor, el descenso es el colmo (aun si no te pierdes, como me pasó a mí, que anduve jugándome la vida mientras bajaba riscos para encontrar un camino de regreso al campamento). Una penitencia que tiene premio: la uña Acatenango.

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2 comentarios en “Acatenango. El ojo de la tierra.

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