Compartir es perder. Un recorrido por Semuc Champey y Laguna Lachuá

En Guatemala cualquier lugar está mucho más lejos de lo que piensas. Físicamente tiene una orografía salpicada de accidentes geográficos y con infraestructuras monstruosas. Socialmente parece haberse detenido en una época remota, especialmente bajo la mirada de alguien procedente de la parte y la clase privilegiada del mundo.

Semuc Champey y laguna de Lachuá son dos de los espacios naturales más importantes del país, ambos ubicados en el departamento de Alta Verapaz. El primero, junto con el yacimiento arquelógico de Tikal y la ciudad colonial de La Antigua es un imprescindible en los paquetes turísticos; el segundo es una joya remota y desconocida incluso para un importante número de nacionales. El trayecto (desde Antigua) es un ejercicio de paciencia en ambos casos.

mapa-semuc-lachua

A las 14.30 emprendimos nuestro viaje y por delante se desparramaba una interminable cola de luces anaranjadas, blancas y rojas identidad del excesivo parque móvil que circula en Guatemala. Para alcanzar Semuc Champey hay que atravesar la capital, cruzar el imponente río Motagua, llegar a Cobán, seguir hasta Lanquín mareándose e iniciar la aventura. Desde Lanquín, la única forma de transportarse es en picop (un todoterreno con la parte trasera completamente descubierta muy común aquí). Así, de pie y bien agarrados a los asideros de hierro que te permiten no caer, hay que recorrer durante 11 kilómetros (40 minutos) un camino de tierra como el siguiente:

semuc-sube-baja

Pasada la 1 de la madrugada llegamos a nuestro hostal, uno localizado a unos 3 km del monumento natural. A esas horas solo podíamos intuir el paisaje que durante el viaje en picop nos había golpeado el rostro con ramaje y frescor. También intuíamos el río Cahabón, protagonista del lugar cuando decide ocultar parte de su caudal bajo tierra mientras el resto se convierte en una serie de pozas escalonadas de agua que varían entre el color turquesa, esmeralda o transparente según la época del año.

Las comunidades mayas Q’eqchi que lo rodean lo consideran un lugar sagrado, pero el organismo público gestor de este enclave (Consejo Nacional de Áreas Protegidas – CONAP) ha incumplido el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo que prevé la consulta previa a los pueblos indígenas siempre que sus intereses se vean afectados. El caso de Semuc Champey no es aislado y afecta a muchos otros rincones del país donde la conflictividad social asoma entre la institucionalidad y los pueblos indígenas que, entre otras cosas, reclaman un reparto justo y equitativo de los beneficios asociados al turismo.

Se aprecia con naturalidad que del turismo se benefician unos pocos. Las inmediaciones de la entrada al monumento están salpicadas de “negocios” espontáneos: jóvenes vendiendo latas de cerveza, niños y niñas vendiendo láminas de chocolate artesano (el árbol de cacao abunda), comedores y sus relaciones públicas. Todas estas personas son indígenas. Sus comunidades están aisladas, no tienen luz ni agua potable, sus casas tienen techos de lámina y suelos de tierra. La misma niña que nos invitó a almorzar en el puesto de su familia será dentro de 10 años quien esté cocinando el pollo a la parrilla y será su hija o hijo quien hará de comercial.

La entrada oscila entre los 50 quetzales que hemos de abonar los extranjeros y los 30 que pagan los nacionales, una cifra que dificulta el acceso a los propios guatemaltecos en comparación con lo que se exige en otros lugares como por ejemplo laguna Lachuá donde los nacionales pagan 10 quetzales (5 si son estudiantes). Por eso la impresión que tuve fue la de un lugar exclusivo, preparado para satisfacer los deseos aventureros de quienes pueden pagar holgadamente el transporte hasta un lugar tan remoto, el hospedaje con comodidades que ofertan los hostales cercanos (aunque también se puede acampar) y la entrada al recinto. Quienes chapoteábamos en las pozas y nos embelesábamos con el paisaje éramos más extranjeros que locales, más afanados en captar clientes para sus negocios.

En Laguna de Lachuá, sin embargo, había un trajín importante de personas guatemaltecas entrando y saliendo del parque. Entrando y saliendo del agua. Entrando y saliendo de la abstracción a la que invita el lugar. Una numerosa familia se la pasó jugando al pilla-pilla durante horas atravesada de risa. Una cuadrilla de jóvenes llegó de una aldea aledaña a exhibir sus habilidades de trampolín frente al resto. Varias parejas decidieron hacerse fotografías románticas en ese paraje y luego se marcharon.

La relación con el entorno se metamorfosea. Mientras en uno la naturaleza se ha convertido en la gallina de los huevos de oro, el otro se mantiene como un espacio destinado a la investigación, la conservación de biodiversidad y el ocio respetuoso con el medio ambiente. Sin embargo, la conservación de éste último corre peligro a causa de un más que cuestionable proyecto hidroeléctrico. Entre otros detalles del mismo, estos me fascinan:

1. La empresa promotora del proyecto presentó 3 Estudios de Impacto Ambiental: uno lo retiraron ellos mismos, el siguiente se rechazó y el último contenía tantas barbaridades que sus autores fueron llevados al tribunal de honor del Colegio de Ingenieros. Finalmente, tras cambiar al equipo de analistas del Ministerio de Ambiente que lo evalúa, se aprobó. Entre las perlas, la siguiente es muy buena:

El estudio enuncia que por primera vez en Guatemala se construirá una escalera de peces para que éstos pasen de un lado a otro de las presas. Lamentablemente, este tipo de métodos se usan para ayudar a los salmones y, hasta donde se sabe, no hay salmones en Lachuá. También querían tapar grietas del río para que no se escapara el agua.  

2. El fundador de la empresa es Joel Medina Choc, un jornalero que vive sin agua ni luz eléctrica pero que fundó una empresa con un capital de 1.200 millones de quetzales.

Podéis leer los detalles del proyecto aquí y aquí.

A Conrado le faltan dientes y kilos de peso. Es uno de los guardas del Parque Natural de Laguna de Lachuá (que gestiona el CONAP) y lleva toda la vida viviendo entre las selvas y bosques de Guatemala, aunque a sus aproximados 70 años lleva casi dos décadas confinado (en intervalos de 15 días) en Lachuá. “Paso mucho tiempo solito”, decía mientras miraba de forma nada discreta los pechos de una amiga. Cuando le preguntamos por qué olía tanto a mota (marihuana) se rió mucho y se fue por las ramas. Entre Cobán y Chisec lo que predomina son los cultivos de palma africana, pero el aroma es de mota.

Al Parque no se puede ingresar alcohol pero él cosecha unos frutillos que deja fermentar hasta que una simple mordidita te pueda emborrachar. Tampoco se pueden usar cremas protectoras ni repelentes en la laguna para no contaminar sus aguas. Usé un repelente natural que no ahuyentó a la mosca que me picó, dejó una larva en mi pierna que decidió eclosionar y convertirse en un gusano que se quedó a vivir por dos semanas en mi tierna carne. Luego lo denuncié y lo expulsaron. Aunque cada persona que ingresa en el parque debe sacar la basura que genera, Conrado confesó que el ajetreo de los fines de semana provoca más suciedad.

Lachuá es un paraíso donde la paleta de colores varía: al amanecer, el escenario parece un dibujo a carboncillo, a medida que el sol sale los ocres se empoderan, durante las horas más luminosas los tonos rojos, verdes, azules y amarillos enloquecen y durante la noche son las estrellas las solistas.

Los monos aulladores son un despertador más eficaz que un gallo. Y los cocodrilos son una amenaza y un reclamo constante para los visitantes. Las serpientes solo son una amenaza. El espacio donde un visitante puede estar es limitado: los 4 kilómetros de camino que separan la caseta de ingreso hasta la explanada donde acampar, la explanada del albergue y la cocina y los muelles desde donde saltar al agua. Aunque se dice que dentro de la selva solo viven más de 230 variedades de animales y plantas, también hay voces que enuncian que viven pobladores.

Dos paraísos muy diferentes donde el agua es la creadora pero atravesados por la codicia. Una lástima que el patrimonio natural necesite voces amigas para defenderse, que éstas sean tan pocas y que, además, corran peligro de muerte.

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