Historias para no dormir

“Fíjese que muerte le dio: le arrancó la lengua y se la dejó prendida de la solapa con alambres”.

Escupía las escenas como si fueran raspas de pescado: una tras otra, con deleite y desprecio a la vez. Aquella mujer de mediana edad, moldeada a base de aguacate y plátano frito, sazonaba las historias con palabras de pena y tono jactancioso convirtiendo los crímenes del poblado en una manera trágica de lucir orgullo.

“Unos ladrones desvalijaron a un vecino y los hombres les tendieron una trampa. Cuando se vieron acorralados por los vecinos y la policía se tiraron al manglar y huyeron. Una hora después los trajeron y los quemaron allí mismo”.

Allí, con la brisa del mar enmarañándome el cabello, escuchaba atenta la plática entre empleados del hostal. Me parecia insólito que unas horas antes me hubiera dedicado a contemplar el amanecer, caminar tranquila por la orilla de la playa y mecerme suavemente en un chinchorro. Ahora que la arena volcánica ardía y las olas rompían violentas, las historias también crecían en intensidad. ¿Acaso ese mar furioso es el espiritu de sus vecinos?

“Memorizó la placa (porque eso es lo primero que uno tiene que hacer siempre) y fue a buscar ayuda. Golpeó la puerta y dijo que tres hombres se habían llevado a su hijo pero que no eran del Ministerio Público como habían dicho, que el MP no allanaba a esas horas. Entonces los vecinos se armaron y fueron a buscarlos. M. dijo: “me voy a divertir un rato”, así dijo. En el río había un carro esperando a los secuestradores, pero el Ejército y los vecinos llegaron antes y mataron a los tres. Ese día, el pastor, antes de ser pastor cristiano, también mató a uno”.

“Pasarán los años y no se le quitará esa sed de venganza. Ese ansia por matar. M. es malo”.

M. aparecía constantemente en las escenas, igual que el personaje principal de una película. Un personaje oscuro. Me lo podía imaginar con un bigote y una barba descuidados, con el cabello cortado a trasquilones, sin camisa o con una tan fina que transparentase el torso. Un pantalón probablemente manchado con restos de frijol. Pero, ¿cómo será M. en realidad? ¿Será el señor que compraba en la tiendita de noche? ¿El que caminaba por la orilla al caer la tarde? ¿Ese que cruza la playa en cuatrimoto? ¿Aquel otro que descargaba cocos en el picop?
No podía dejar de atravesar con la mirada a cada hombre que veía, por si la del asesino se cruzaba con la mía. ¿Cómo mira un criminal?

“Me agarró la mano y se me aguadaron las piernas. «Soy un ser humano común y corriente, me dijo, no me tenga miedo. Maté a Juanito (nombre ficticio). porque me lo debía». Luego la gente empezó a decir que si yo tenía hijos suyos. Puras mentiras.”

Yo me preguntaba qué podía haber pasado en aquella aldea para que las calles que no están en primera línea de playa fuesen ríos de sangre. ¿Cómo un lugar tan aislado, tan pequeño y (en apariencia) dedicado al turismo de surf, yoga y licuados en inglés cosecha tanta nota roja?

No tengo la respuesta. Puede ser que todos los porqués que tratan de justificar esta barbarie tengan razón: guerra, pobreza, narcotráfico, hambre, enfermedad, estado fallido, pandillas, miseria, catástrofes naturales, fanatismo, explotación, desigualdad, tráfico de personas, oligarquía, falta de educación, aislamiento, racismo, exclusión, machismo.

Puede ser.

Este es el lugar donde pueden asesinar a 41 niñas quemándolas vivas en un refugio estatal. Un lugar a donde llegan aquellas menores abusadas, “rescatadas” de operaciones de tráfico de personas o maltratadas por su entorno más cercano. Hogar Seguro, se llamaba. Donde su vida era esto: hacinamiento, violaciones y embarazos, palizas, comida putrefacta. No sigo.

Este es el país donde las muertes se celebran. Como la del ladrón a quien asesinaron en la cárcel una semana después de entrar. Facebook coleccionaba comentarios de alegría: “una rata menos”, se leía. Las calles gritan: “¡Sí a la pena de muerte!”.

“Fíjese lo que le digo: entrar acá es fácil, pero salir es muy complicado.”

Da lo mismo lo lejos que vayas. No importa el escondite que busques. La sombra de la tristeza impregna incluso los más bellos rincones. ¿Saben aquello de que el bien solo puede existir en contraposición del mal? ¿O esa otra del ying y el yang en equilibrio? Todo eso se les ha ido de las manos acá.

Playas de Guatemala, donde las apariencias engañan.

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